Friday 22nd February 2019
x-pressed | an open journal
December 7, 2013
December 7, 2013

Atenas: margen de Europa, protagonista del presente

Author: Valerio Pelliccia Translator: Flavia Venturi
Source: Nea Polis Roma  Category: Letters from home
This article is also available in: deelenitpt-pt
Atenas: margen de Europa, protagonista del presente

Atenas. Una sola palabra para 5.5 millones de habitantes. Una sola ciudad para casi un país entero. Hay metrópolis más grandes en el mundo, pero verla desde la posición privilegiada del monte Licabeto (que no ofrece la vista más alta pero sí la más central) es una experiencia que corta la respiración y agita la conciencia.

A sus pies la ciudad se extiende sin límites, un sinfín de cemento moderno interrumpido por pocos espacios verdes y algún que otro vestigio de la época clásica. El panorama te deja aturdido y maravillado, en especial cuando el sol se pone entre las colinas creando colores que componen uno de los atardeceres más fascinantes que puedan verse.

Desde la cima del Licabeto se reconocen todos los lugares emblemáticos de la ciudad. En un instante uno puede imaginarse paseando entre las casas de Plaka, una especie de pequeño pueblo a los pies de la Acrópolis que ha logrado escapar milagrosamente a la edificación descontrolada; o en la piscina de un ático del céntrico y prestigioso barrio de Kolonaki. En la bipolar Syntagma, elegante plaza europea un día y, otro, escenario de batallas en las que estalla la rabia de un pueblo; entre los concurridos puestos del mercado de Omonia, crisol de culturas gracias a la gran presencia de inmigrantes; o tomando algo en una de las muchas cafeterías que animan la ciudad. La vista puede desplazarse hasta las alejadas periferias, anónimas y tristes, construidas idénticas y con prisa por los exiliados griegos provenientes de la Anatolia reconquistada por los turcos en los años 70; para luego volver a la colina de la Acrópolis, pura magia nocturna y no sólo “cuatro piedras”, como comentan algunos pretenciosos turistas. Al fondo, el mar se pierde en el horizonte, entre las chimeneas de las acereras y de los astilleros del Pireo, que en tiempos fueron orgullo de la nación y ahora se entregan a precio de saldo al primer ofertante extranjero.

No es la belleza arquitectónica lo que caracteriza a la capital helénica. Lo son sin embargo sus infinitas contradicciones y sus habitantes, que dan vida a este dinámico núcleo en el margen oriental de Europa.
Protagonista absoluta en el pasado con el nacimiento de la democracia, Atenas es de nuevo protagonista del presente por la ausencia de la misma, o al menos por su transformación.

Muchos me preguntan: “¿Pero entonces esta crisis es real o no?”. La respuesta instintiva es sí. Dejando a un lado los terribles indicadores económicos, la impresión viene motivada por la omnipresencia de la policía antidisturbios y por los sin techo que llenan los pórticos de la ciudad; la misma que antes de la crisis se alardeaba de tener el número más bajo de indigentes en Europa. ¿Las tiendas? Muchas cierran para siempre.
La crisis se ve también en las decenas de perros callejeros que, todavía con collar, deambulan buscando comida entre la basura, compitiendo en una silenciosa lucha también con quien no es animal. No faltan los drogadictos que se pinchan en pleno centro y a plena luz del día, síntoma de una plaga que avanza lentamente llevándose por delante a los más desesperados.

La calefacción de leña ha vuelto a estar tan en boga (dadas las ya insostenibles facturas mensuales de las viejas calderas de gasoil) que el Gobierno la ha prohibido para controlar la deforestación y la contaminación.

En invierno es común entrar en locales sin calefacción y observar a los clientes temblorosos, que al principio intentan resistir poniéndose el abrigo pero poco después se marchan resignados. Los suicidios ya ni se cuentan, y los que han sido golpeados sin piedad por la crisis vagan por las calles, maldiciendo a todo el que se cruza con ellos.

Tras esta descripción uno visualiza una ciudad a la deriva en un escenario post-apocalíptico y, sin embargo, la atmósfera general de esta capital no es sombría en absoluto. El movimiento es continuo y las expresiones en las caras de la gente no son al fin y al cabo tan tensas, el clima podría definirse como entre relajado y festivo. Las cafeterías, las tabernas y los locales, llenos ya desde la tarde, se atestan de tal manera durante la noche que es imposible encontrar una mesa vacía. La vida nocturna es sin duda una de las mayores bazas de Atenas, que en este sentido no tiene nada que envidiar a las demás capitales europeas, gracias al carácter expansivo de sus habitantes y a sus centenares de originales bares y discotecas perfectamente decorados.

Entonces, ¿cuál es la respuesta más precisa a la pregunta sobre la crisis si en ciertos momentos uno piensa, “Esta gente lo está pasando realmente mal”, y en otros, “¡Y a pesar de todo, qué ciudad!”?
Para contestar hace falta explicar este contraste visual tan neto con la distorsión típica de una crisis económica: ésta no se abate sobre todos de la misma forma, hay estratos de la población que la sienten duramente, mientras que otros continúan gastando de la misma manera. Por ello no basta con observar, hace falta escuchar también o, mejor dicho, prestar atención a lo que no se escucha. Uno se esperaría una rabia constante, luchas, manifestaciones, casi una revolución como reacción a los absurdos sacrificios impuestos por los memorándums de la Troika. Una austeridad inhumana que viene continuamente desmentida a través de previsiones sobre la mejoría de la economía griega, mientras que el paro y la deuda pública continúan galopando sin estorbo alguno. Desde hace años vienen imponiéndose medidas ineficaces, degradantes para la dignidad humana y presentadas como indispensables por una clase política corrupta y sumergida en escándalos cotidianos.
Frente a esto la reacción de los griegos ha sido feroz y casi unánime, capaz de llevar al país al borde de un levantamiento general, o al menos ésa era la imagen que transmitían los medios de comunicación.

Pero las iniciales manifestaciones multitudinarias son hoy sólo un recuerdo. Quedan los partidos, los anarquistas y los activistas, pero la gente común, desde los pobres hasta la clase media, se ha refugiado en sí misma. Los dramas y los problemas se encuentran confinados entre las cuatro paredes domésticas y el tema de la crisis es evitado, a modo de repulsión psicológica.

“Hace un año no hacía otra cosa que hablar de la crisis con mis amigos, pensando en las causas y en una posible solución. Pero ahora estamos cansados y preferimos hacer cualquier cosa antes que hablar de lo que nos ha pasado”.

Esta frase la escuché recién llegado a Atenas hace tres meses, hablando con una amiga griega. Después, quedando con ella y con sus amigos, me di cuenta de que era tristemente cierta: las pocas veces en las que se mencionaba la crisis no se hablaba nunca de los culpables; las ganas de protestar están bajo cero.

“Hace años las manifestaciones eran mucho más concurridas, ¿ahora qué sentido tienen?”.
Hoy sólo quedan una resignación general y la visión de la huida al extranjero como una posible, si no la única, solución personal. “De mi clase de secundaria soy el único que sigue en Grecia. Los demás trabajan en el extranjero”, se oye decir a parados y licenciados treintañeros que barajan la posibilidad de seguir el ejemplo de sus ex compañeros.

Es aquí donde se consuma la tragedia griega. Lo que fue un grito de batalla se ha ido silenciando hasta convertirse en suspiros resignados y levantamientos de hombros. Las ganas de cambiar, de pensar en un nuevo concepto de democracia no subordinada a los mercados financieros, o el simple derecho de plantearse un futuro en el país de origen, se han simplemente desvanecido. Los banqueros, los políticos y los altos cargos han ganado contra su propia gente, transformando al país en un laboratorio político del neoliberalismo y la austeridad. El experimento ha sido exitoso. Gracias al goteo mediático, combinado con medidas draconianas y el puño de acero de la represión, han conseguido quitarse de sus espaldas la culpa de la crisis y asignársela a la mayoría de los griegos, transmitiendo el mensaje de que son ellos los que han estado viviendo durante años por encima de sus posibilidades. Los ciudadanos, ya agotados ante una crisis extenuante que los ha vuelto impotentes, están aprendiendo a aceptarlo con la cabeza gacha. Privilegios y puestos inmerecidos están a salvo, pero al precio de un altísimo sacrificio. ¿Qué queda de un pueblo cuando tira la toalla? ¿Qué quedará de Grecia si sus jóvenes, vencidos por la resignación, la indignación o la vergüenza, sueñan con otros países?

This article is also available in:

Translate this in your language

Like this Article? Share it!

Leave A Response