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September 26, 2015
September 26, 2015

España: La soledad del apátrida

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España: La soledad del apátrida

Foto de El telar de la Loba. El regreso a casa.

Me hubiera gustado sentir entusiasmo ante la movilización ciudadana que conmemoraba, el pasado 11 de septiembre, la fiesta nacional de Catalunya. Viendo los rostros alegres e ilusionados, intenté esbozar yo también una sonrisa. Pero sólo me venían ganas de vomitar al ver tantas banderas. Lo siento. Es algo que nos sucede a algunos.

Evidentemente, como catalán prefería una calle Meridiana llena capaz de desafiar al gobierno español, aunque este desafío fuera un remake de los Juegos Olímpicos del 92. Manifestarse no consiste en inscribirse y participar. Lo confieso: estoy tan desorientado como un extranjero.

Algunos somos extranjeros entre los extranjeros, pero nos acordamos muy bien de que un día el president Mas tuvo que entrar en helicóptero a un Parlament bloqueado por unos impresentables que gritaban “Nadie nos representa”.

Ahora el president Mas, protegido en una lista electoral, ha renacido puro e inmaculado habiéndose desprendido de recortes y corrupción. Es lo que C. Schmitt, el gran inventor del decisionismo ahora tan en boga, llamaría “el milagro de la política”. Nosotros, porque no olvidamos, hemos podido subsistir en la burbuja.

En el interior de la burbuja nacionalista falta aire. Voy a explicar qué es la burbuja nacionalista. Esta maldita burbuja tiene la forma lógica de un doble vínculo, es decir, se trata de una situación en la que dos mensajes contradictorios chocan entre sí, y en su retroalimentación, impiden cualquier posibilidad de salida. El discurso nacionalista español y el discurso nacionalista catalán.

¿España o Catalunya? “Defínete“. “Tienes que mojarte, no valen las excusas”. La violencia se hace íntima, asfixiante.

El españolismo moviliza los legalismos más estúpidos y las pasiones más bajas. Hay que respetar la LEY como si la ley fuera algo sagrado, cuando es la plasmación de una correlación de fuerzas.

“Lo que queréis es imposible”, afirman tranquilamente, cuando luchar por hacer lo imposible real es lo que dignifica a una lucha. Y, finalmente, el españolismo apela al miedo que es el argumento más revelador de la impotencia.

Por su parte, el catalanismo independentista, ignorando completamente a la mitad de la población, se empeña en construir la voluntad de un pueblo. En este caso, se movilizan las pasiones altas como la esperanza, pues son las que mejor funcionan en un relato épico.

Pero, en realidad, todo vale. Desde la manipulación de la historia a la llamada más descarnadamente razonable: “tendremos más dinero para nosotros”. En definitiva, a la burda y sempiterna prepotencia española se responde desde una afirmación que tiene mucho de resentimiento y de engaño, a pesar de vestirse de sonrisa ilusionada.

El discurso nacionalista simplifica, despolitiza todo lo que toca, y siempre es conservador. Su afirmación es pobre, siempre lastrada de victimismo. “Tú eres malo, luego yo soy bueno”. No sabe salir de ahí. Necesita imperiosamente un Otro como chivo expiatorio.

El otro día fui a comprar el periódico, y el kioskero muy serio estaba diciendo a un cliente: “Ya tengo ganas de que entren los tanques por la calle Diagonal…”. Como no quería discutir, no le pregunté si él saldría a detenerlos.

Porque lo que ahora está sucediendo es que el cuento de hadas independentista se topa con el cuento de horror españolista. Cada vez queda menos aire en la burbuja. ¿Cómo romper este doble vínculo tan absurdamente agotador? Existía una posibilidad, seguramente incierta, porque casi ni llegó a existir.

Que Catalunya se constituyera en una anomalía, en una verdadera anomalía capaz de contagiar a los demás pueblos. Una anomalía y no una unidad política. Fue durante el 15M y por unos instantes.

Una Catalunya integrada en otra España que, quizás, abandonaría su nombre. Ciertamente, no supimos hacerlo, y a muy pocos interesó pensar esta unión sin unidad. España prefirió hacerse ridículamente fuerte en su extrema debilidad.

Catalunya se conformó con un Estado propio pegado en el culo. Su mayor sueño. ¡Qué triste destino! En aquel entonces desde Espai en Blanc habíamos sacado una revista cuyo título era: “Catalans un esforç més!” (¡Catalanes un esfuerzo más!). Nos quedamos solos aunque todo el mundo se mostró muy comprensivo.

Franz Fanon, el gran luchador por la independencia de Argelia, ya nos avisaba: “No rindamos tributo a Europa creando Estados, instituciones y sociedades que se inspiran en ella… La humanidad espera de nosotros alguna otra cosa que una imitación, algo que sería una caricatura obscena”.

Este intento de una experimentación política seria y consecuente no existe. Los partidos del sistema con su nueva lista tramposa, la marca blanca de los antiguos comunistas que jamás romperán un plato porque siempre son los primeros en venderse.

Sr. Coscubiela (tercero de la lista): ¿se acuerda de cuando sujetaba con fuerza la puerta de CC OO para dar tiempo a la llegada de la policía y así detenernos, mientras sus esbirros nos golpeaban ferozmente?

Sí, a nosotros, a aquellos impresentables que en el año 1999 tan solo queríamos leerles un pequeño manifiesto de homenaje en agradecimiento por los muchos sacrificios que han hecho siempre por la clase trabajadora. Al día siguiente, en la prensa nos acusaron de ser un grupo fascista.

Y quedan los amigos independentistas que creen poder ser, a la vez, anticapitalistas; que creen que el Estado propio es simplemente un paso necesario. Cierto, no hay tanto cinismo. Sin embargo, creen demasiado.

Por ejemplo, creen que aquí la lucha nacional coincide con la lucha de clases. A estas alturas de la historia, no sé muy bien qué es la lucha de clases, aunque puedo imaginármelo ya que la estamos perdiendo. Pero sé muy bien que no tiene nada que ver con una lucha nacionalista.

Viendo la ambigua relación de la CUP con el nacionalismo catalán hegemónico, me recuerda exactamente el papel de la extrema izquierda respecto a la izquierda del Estado de los Partidos. Y no digo más.

El hilo musical no cesa dentro de la burbuja: “El voto de tu vida”, “Gobernémonos”, “Sí, se puede”… La irrupción de categorías de la política moderna – Estado nación, el pueblo como unidad política, la construcción de una identidad – en un marco postmoderno, tiene el extraño efecto de crear un gran simulacro, en el que nada es lo que parece.

Se trata de un bluf extremadamente serio, y a la vez, totalmente risible y patético. Se agota el tiempo y hay que hablar claro. Tienes que definirte. ¿Vas a votar a favor o no de la independencia de Catalunya? ¿Sí o No?

Como no existe una respuesta colectiva que rompa el doble vínculo, la única que se me ocurre y sirve como una moral provisional a la cartesiana, es: “Preferiría no hacerlo”.

“Preferiría no hacerlo”, que es lo que respondía Bartleby cada vez que era acuciado. Pero yo no me quedaré como él en la oficina hasta morirme de hambre. De acuerdo. Defiendo el derecho a decidir.

Yo quiero mi derecho de fuga. Quiero fugarme, y no tener que responder a una pregunta que no me interesa. Ser un apátrida que al no estar ligado a nada, a nada debe reverencia.

Ensayar un internacionalismo imposible, porque por este imposible si me vale la pena luchar. ¿Qué se trata de una salida personal? Quién lo piense es que no me ha entendido.

“No soy nada y debería serlo todo”, afirmaba Marx. Nunca sabrán cuántos somos ni jamás podrán contarnos.

En la soledad del apátrida se encuentran la fuerza del anonimato y la fuerza del dolor. Por eso es inaccesible a la mirada del poder.

Odiamos a todos los tertulianos. En el día a día, no nos perdemos en necedades, vamos a lo esencial. Y los domingos soñamos… que un movimiento subversivo barrerá por fin este escenario de cartón piedra.

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