Sunday 15th September 2019
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July 2, 2013
July 2, 2013

Brazil: La revolución del vinagre

Author: Virgy Romo
Category: Protest
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Brazil: La revolución del vinagre

No es por 20 centavos (7 céntimos), “ni por 40 ya que es ida y vuelta”, como muchos bromean. Es la gota que colma el vaso. Un país cuyo salario mínimo es de 678 reales (232 euros) y que no vacila en seguir aumentando el costo de vida. Un país que juega con números de estadística para decir que la educación va mejorando, mientras que en realidad sigue sin intentar arreglarla. Un país en el que es posible ver la noticia de que una mujer muere por recibir café intravenoso en vez de suero, en el que lo normal es esperar horas y horas en la sala de espera de un hospital retorcido de dolor sin recibir ningún tipo de atendimiento.

Sí, perfecto, Brasil va a ser la sede de la copa del Mundo. Pero, como decía la pancarta de un manifestante: “Genial, ya tenemos estadios como los del primer mundo, ¿ahora podemos tener salud y educación?”. Y es que, seamos honestos, no es criticable que el pueblo se queje porque el gobierno esté invirtiendo más en unos partidos de fútbol que en estas cuestiones. Los habitantes de Río están hartos de que la ciudad se gobierne pensando en los “gringos” (extranjeros) y no en ellos.

La monopolización de los medios de comunicación. La corrupción… una historia que no tiene fin. No, no creo que sea por falta de motivos que los ciudadanos salen a la calle exigiendo cambios.

Y es en este clima donde aparecen las manifestaciones. En todas las ciudades se ha ido repitiendo más o menos el mismo patrón: caminata pacífica de un par de horas y al final, confrontación entre policía y manifestantes.

Esa es una forma fácil de resumir los acontecimientos. Voy a aprovecharme de mi experiencia en algunas manifestaciones en Río de Janeiro y Niterói (cerca de Río), para conseguir explicar cómo se están viviendo aquí.

Prepararse para ir a una manifestación conlleva todo un ritual. Parecía que íbamos a practicar algún tipo de deporte. No es aconsejable ir con cualquier ropa, es mejor que sea cómoda y que, al igual que el calzado, permita correr. Hay que llevar un paño con vinagre para anular el efecto del gas lacrimógeno. Esto se volvió algo curioso en esta historia: si la policía te descubría con una botella de vinagre, corrías riesgo de ser detenido. Así, popularmente se habla del movimiento como “la revolución del vinagre”.

El primer día de manifestaciones, había cerca de medio millón de personas. La primera sensación fue algo muy parecido a la agorafobia. Sin embargo, no tardé en entrar en el espíritu de la manifestación. Miles de pancartas expresando quejas. Eran varias horas de caminata pacífica donde se iban cantando letras sobre los descontentos. En las ventanas de los altos edificios las luces se encendían y apagaban en forma de apoyo al movimiento; papeles en blanco eran derramados también desde estas. Eran imágenes lindas. Era un momento en el que la fuerza del pueblo te conmovía.

Era imposible ver el principio o final de la manifestación, pero a través del boca a boca y de la tecnología, la noticia de que varios edificios simbólicos estaban siendo quemados en Río empezó a esparcirse. Supimos que el congreso había sido tomado en Brasilia. Nació una cierta inquietud, no sabíamos qué estaba pasando. De repente, el grupo que estaba en cabeza se dio la vuelta y empezó a correr, a gritar. El terror se apoderó de todo el mundo. El instinto inicial fue correr también. Ésa era una pésima idea: quien cayese sería pisoteado por la muchedumbre. Momentos así ocurrirán de forma recurrente, así que aprendimos que lo mejor es ir un poco separados de la masa, paralelos a la pared donde poder resguardarse en estos casos.

Es curioso recordar que ese día llegué a desear que la policía actuara porque no soportaba ver cómo algunos individuos destruían edificios, quemaban coches, asaltaban tiendas.

Una vez más, no entendíamos qué estaba pasando. Al día siguiente, escuché una manifestante que se quejaba de cómo los medios de comunicación dividían los manifestantes en dos grupos: los pacíficos y los vándalos. Ella decía que no, que todo formaba parte de una cosa. No se consideraba vándala, sino revolucionaria. Y que desde su posición ve legítimo quemar algunos edificios simbólicos ya que parece ser la única forma de ser escuchados. Alegaba que el año pasado la mayoría de las universidades públicas de Brasil entraron en huelga durante meses pidiendo cambios, y que al final fue un movimiento pacífico que apenas tuvo repercusiones. Sin duda, esto invita a pensar “¿es necesario que haya violencia para poder ser escuchados?”. Parece haber una diferencia entre los “revolucionarios” y los “vándalos” que se aprovechan de la confusión para asaltar. Es un asunto delicado. Otra muestra de la disgregación de la masa.

No sabía que tan solo 3 días después, la situación se complicaría más.

Al día siguiente, durante la manifestación en Niterói, la presidente Dilma anunció que, como el pueblo pedía, se bajaría la tarifa. Se anulaban los 20 centavos. Sin embargo, el movimiento iba a continuar; no es sólo por eso que el pueblo está luchando.

Llegó el 20 de Junio. La tensión era fácil de sentir en el ambiente, y es que ese día no se borrará tan fácilmente de la memoria de los que estaban en la manifestación. Fue en una de las avenidas más grande de la ciudad y, pese a todo, estaba repleta de gente. Una imagen bastante impactante. Desde el principio algo había diferente, ya se había conseguido una pequeña victoria con la tarifa de autobuses, así pues ahora cada grupo reivindicaba una cosa. Aunque no fue eso lo que hizo ese día histórico.

La manifestación apenas había acabado cuando el caos y el terror se instauraron en toda la ciudad entre los manifestantes y los que ni siquiera habían estado en ella. Porque esta vez la policía no hizo distinción entre pacíficos y vándalos.

Vimos cómo gran parte de la masa estaba retrocediendo en estampida, llevaban paños en la cara, señal de que el gas ya había sido lanzado. Las chicas y yo nos quedamos paralizadas en una esquina. No sabíamos qué hacer. Todas las calles estaban abrumadas de gente que corría de un lado para otro.

Nos quedamos en esa esquina con la esperanza de que la confusión pasase. ¡Qué ingenuidad la nuestra! Las bombas de efecto moral estaban ya muy cerca y el flujo de personas era aún increíble, se podía escuchar ya perfectamente los disparos de la policía. Nos miramos espantadas y dijimos que había que salir de allí antes de que quedáramos acorraladas. Empezamos a andar deprisa siguiendo la pared, como ya habíamos aprendido. Tuve que pararme. Habían soltado mucha cantidad de gas lacrimógeno, mis ojos escocían demasiado, no podía abrirlos. Una mano me agarró y me sacó de allí. Anduve varios metros sin saber por dónde estaba yendo. El ruido de los disparos seguía acercándose, imposible recuperar la calma. Llegamos a la entrada de un metro, ni siquiera lo decidimos, un grupo de personas nos acabaron empujando dentro.

Las verjas las habían cerrado, no había salida una vez que se entrase allí. Nos preocupamos, ¿será que los policías se atreverían a entrar allí? Algunos, muertos de miedo, bajaron a la boca del metro. Que, por cierto, no estaba funcionando. Decidimos sentarnos en las escaleras esperando que el jaleo afuera pasase. No nos habíamos acomodado cuando unas explosiones vinieron de la boca del metro. Evidentemente, todo el mundo que estaba allí dentro salió despavorido en dirección a las escaleras donde muchos esperábamos. Casi volvimos a ser aplastados. El desespero se apoderó de todos nosotros, nadie se sentía seguro allí. La avalancha contra las verjas dio resultado y consiguieron abrirlas. Todos salimos a golpetazos. Más gas. No vuelvo a ver nada.

Tenemos suerte, hay un autobús atrapado en medio del caos que nos abre la puerta. Ni siquiera va a Niterói, nuestra ciudad, pero poco importa.

Llegamos a casa. Supimos que la situación en Río se puso peor después de que consiguiésemos salir. Facebook no paraba de actualizarse con historias realmente aterradoras. La “Globo”, la cadena más importante de Brasil, pasaba las manifestaciones de todas las grandes capitales menos de Río. Esa es una pésima señal. ¿Qué está ocurriendo?
No sólo hubo heridos de balas de goma, sino también de fuego. Todo el mundo tenía amigos que se habían perdido en el medio de la confusión y cuya situación se desconocía. Muchos no pudieron regresar a sus casas esa noche, otros tuvieron que dar vueltas por ciudades lejanas para poder volver.

¿Por qué no funcionaron los medios de transporte? Nunca había pasado eso. Supimos que fue la policía quién soltó las bombas en el metro, supimos que también entraron en un hospital en el que soltaron esprit de pimienta, abordaron gran parte de la ciudad, y que en algunas zonas acabaron con la luz para provocar más terror. La sensación de sufrir una emboscada por la policía fue compartida entre todos los que estuvimos allí. El gobernador, Sergio Cabral, se desentiende diciendo que la policía actuó por su cuenta.

Era una pesadilla. Un horrible sueño, pero todos teníamos una convicción: una vez que hubiéramos llegado a casa, estábamos a salvo. Lo que trae sobre la mesa una vieja cuestión: la actuación que la policía hace cotidianamente en las favelas, con armas de fuego y sin recursos como los nuestros para registrar lo que pasa allí.

Por otra parte, no callan los rumores sobre un posible golpe de estado. Y es que la historia parece no ser muy diferente de la de hace unas décadas atrás, cuando la dictadura se instauró.

Así, muchos manifestantes, la mayoría estudiantes, dejan momentáneamente las calles para reunirse e intentar llegar a un consenso sobre cómo deben actuar ante estos acontecimientos: una policía que en vez de proporcionar seguridad, siembra miedo; partidos y empresas que intentan sacar provecho de la situación; un pueblo que demuestra que tiene fuerza pero no objetivo común.

Después de una semana más tranquila, ha habido más diálogo que acción. Las manifestaciones han continuado pero con menos fuerza. Muchos se han cansado de ver al pueblo gritar por razones tan diversas, a veces que no tienen nada que ver. Otros han pasado demasiado miedo como para volver a salir a las calles. ¿Será que el pueblo conseguirá anteponerse a esos miedos, a esa dificultad de encontrar un foco común? ¿Hasta dónde irá este movimiento? ¿Conseguirá alguna repercusión a nivel legislativo? Los días próximos, ¿se recordarán por ser una gran demostración de pueblo unido, o por revivir el horrible escenario de las semanas pasadas?

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1 Comment

  1. Quim Barreiros 2013/07/02 at 15:54

    Gran artículo. Por unos minutos me has trasladado a una de las manifestaciones con tu relato. Ese cambio de opinión del gobierno de Rousseff ha demostrado que se pueden cambiar algo partiendo desde la base (la gente) y no al revés.

    Espero leer más crónicas.

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