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March 21, 2015
March 21, 2015

Reseña del libro “The Utopia of Rules” de David Graeber

Author: Stuart Jeffries Translator: Susana García
Source: The Guardian  Category: Dialogues
This article is also available in: elen
Reseña del libro “The Utopia of Rules” de David Graeber

The Utopia of Rules: On Technology, Stupidity and the Secret Joys of Bureaucracy

"Mucha gente pasa su vida laboral en trabajos que ven innecesarios." El autor anarquista que acuñó la frase “Somos el 99%”, conversa con Stuart Jeffries acerca de “los trabajos basura”, nuestras vidas restringidas por normas y la importancia del juego.

Hace unos años, la madre de David Graeber sufrió una serie de apoplejías. Los trabajadores sociales le aconsejaron que solicitara el programa de atención sanitaria del gobierno norteamericano destinado a personas de rentas bajas (Medicaid) para poder hacer frente a los gastos de la residencia que ella necesitaba. Y eso es lo que hizo, para conseguir solamente ser engullido por un vórtice de papeleo y humillación que cualquiera, que haya estado alguna vez atrapado en trámites burocráticos, conoce de sobra.

En una de las ocasiones, la solicitud se demoró porque el Departament of Motor Vehicles había escrito su nombre como “Daid”; en otra ocasión, porque alguien en Verizon se había equivocado al tomar nota de su apellido, escribiendo “Grueber”. Graeber empeoró la situación al escribir su nombre en uno de los formularios en la línea marcada claramente para estampar la “firma”. Se vio sumergido en Kafka, Catch-22, y El Rey Pálido de David Foster Wallace, y el hecho de ser consciente de las ironías infernales de la situación no hizo que el proceso resultara más fácil de llevar. “Pasamos demasiado tiempo en nuestras vidas rellenando formularios” dice Greaber. “El americano medio pasa seis meses de su vida esperando a que las luces del semáforo cambien. Si eso es así, ¿Cuántos años de nuestras vidas pasamos entre papeleo?

El asunto se convirtió en algo meramente teórico, porque la madre de Graeber murió antes de conseguir el Medicaid. Pero la ordalía de formularios a rellenar permaneció con él. “Habiendo pasado gran parte de mi vida llevando una existencia bastante bohemia, relativamente aislada de este tipo de cosas, me encontré a mi mismo preguntándome: ¿es así realmente el día a día para la mayoría de la gente?” escribe el profesor de antropología, de 53 años, en su nuevo libro The Utopia of Rules: On Technology, Stupidity and the Secret Joys of Bureaucracy. “¿Dando vueltas sintiéndote como un idiota todo el día? ¿Colocado de algún modo en una situación donde realmente terminas actuando como un idiota?

“Me gusta pensar que en realidad soy una persona inteligente. Mucha gente parece estar de acuerdo en eso”, Graeber comenta, en un restaurante cerca de su despacho en el London School of Economics. “Ok, me encontraba emocionalmente turbado, pero estuve haciendo cosas que eran realmente estúpidas. ¿Cómo no me di cuenta que planté la firma en la línea equivocada? Hay algo en esas situaciones burocráticas que hace que te comportes estúpidamente”.

Pero el libro de Graeber no solo presenta la estupidez en su encarnación burocrática. Su principal objetivo es liberarnos de un concepto de derechas erróneo sobre la burocracia. Desde que Ronald Reagan dijo: “Las palabras más aterradoras del idioma inglés son: Soy del gobierno y estoy aquí para ayudar”, es algo habitual asumir que la burocracia quiere decir gobierno. Error, Graeber argumenta. “Si vas a una tienda de Apple y alguien te dice: “lo siento, es claro que lo que va a necesitar es una nueva pantalla, pero aún así va a tener que esperar una semana para poder hablar con un experto”, no dices “malditos burócratas”, incluso cuando eso es un trámite burocrático clásico. Nos han bombardeado con propaganda para hacernos creer que la burocracia significa funcionariado. Se supone que el capitalismo no crea puestos sin sentido. Lo último que va a hacer una firma que busca lucrarse es desembolsar dinero para pagar trabajadores que no necesita realmente tener como empleados. Sin embargo, de alguna manera, esto pasa.

El argumento de Graber es similar al que formuló en 2013 en el artículo titulado “On the Phenomenon of Bullshit Jobs”, donde exponía que en 1930 el economista John Maynard Keynes predijo que para finales de siglo la tecnología habría avanzado lo suficiente para que en países como el Reino Unido y USA hubiera jornadas de 15 horas semanales. “En términos tecnológicos, somos capaces de ello, estamos preparados. Y sin embargo, no ha pasado. En lugar de eso, la tecnología ha sido reconducida, en todo caso, para calcular nuevas maneras de hacernos trabajar más. Enormes sectores de la población en Europa y Norteamérica en particular, se pasan su vida profesional realizando tareas que consideran innecesarias. El daño moral y espiritual que esta situación acarrea es profundo. Es una cicatriz que atraviesa de lleno nuestra alma colectiva. Sin embargo, nadie habla de ello”.

¿Qué trabajos son basura? “Un mundo sin maestros o estibadores tendría problemas de inmediato. Pero no está claro del todo como sufriría la humanidad si todos los directores ejecutivos de las firmas de capitales de riesgo, miembros de grupos de presión, investigadores en Relaciones Públicas, actuarios, vendedores telefónicos, administradores o asesores legales desparecieran de manera similar”. Admite que alguien podría sostener que su propio trabajo es ocioso. “No puede haber una medida objetiva del valor social”, dice de forma conciliadora.

En la The Utopia of Rules, Graeber lleva más lejos su análisis sobre lo que fue mal. Los avances tecnológicos nos iban a servir para teletransportarnos a nuevos planetas, ¿o no? Enumera algunas de las otras maravillas tecnológicas que se predijeron y que al no cumplirse lo defraudaron: coches voladores, animación suspendida, las drogas de la inmortalidad, los androides, las colonias en Marte. “Hablando como alguien que tenía ocho años en el momento del aterrizaje en la Luna, tengo claros recuerdos de cómo calculaba la edad que tendría en ese mágico año del 2000, 39 años, preguntándome cómo sería el mundo alrededor mío. ¿Esperaba de verdad vivir en un mundo de semejantes maravillas? Por supuesto. ¿Me siento engañado ahora? Totalmente.

¿Pero qué ocurrió entre la llegada del Apollo a la Luna y el presente? La teoría de Graeber es que a finales de los años 60 y principios de los años 70 hubo una escalada de temor ante la perspectiva de una sociedad de proletarios hippies con demasiado tiempo en sus manos. “La clase dirigente tuvo un ataque de pánico ante la idea de robots reemplazando a todos los trabajadores. El sentimiento general fue: Dios mío, si ya la cosa está mal con los hippies, imagina cómo será si toda la clase trabajadora deja de estar empleada. No sabemos cómo eran de conscientes, pero se tomaron decisiones acerca de las prioridades en investigación”. Piensa, sugiere él, en las ciencias de la vida desde la década de 1960. ¿Cáncer? No, todavía está entre nosotros. En cambio, los avances más espectaculares han tenido lugar en el ámbito de las drogas como Ritalin, Zoloft y Prozac – todas ellas, Graeber escribe, “diseñadas a medida, se podría decir, para que esas nuevas demandas profesionales no nos vuelvan completamente, disfuncionalmente, locos”.

Su argumento de los trabajos basura podría ser interpretado como una réplica al argumento de la distopía híper-capitalista en donde los robots se hacen con el control y los humanos son degradados a una eternidad jugando a Minecraft. Resumiendo las más recientes predicciones en la literatura sobre futurología, John Lanchester ha escrito: “Hay capital, yendo mejor que nunca; los robots, haciendo todo el trabajo; y la vasta masa de la humanidad, haciendo poco y pasándoselo bien jugando con sus dispositivos electrónicos”. Lanchester destaca el caso de una clasificación, redactada por dos economistas de Oxford, de 702 trabajos que podrían realizar más eficazmente robots: en el número uno (el más seguro, menos riesgo de ser robotizado) están los terapeutas recreacionales; en el puesto 702 (menos seguro) los vendedores telefónicos. Los antropólogos, Graeber puede estar contento, figuran en el puesto 39, por lo que no hay necesidad de que saque lustre a su CV ahora mismo- está en un puesto mejor que escritores (123) y editores (140).

Graeber cree que desde la década de 1970 ha habido un cambio de tendencia de las tecnologías basadas en alcanzar futuros alternativos hacia la inversión en tecnologías que favorecen la disciplina laboral y el control social. De ahí internet. “El control es tan ubicuo que no lo vemos”. Tampoco vemos cómo la amenaza de violencia sustenta la sociedad, proclama. “La infrecuencia con la que las porras aparecen solo ayuda a que la violencia sea más difícil de ver”, escribe.

En 2011, en el neoyorquino Parque Zuccotti, comenzó a involucrarse en el movimiento Occupy Wall Street, el cual describe como un “experimento en una sociedad post-burocrática”. Fue el responsable del eslogan “Somos el 99%”. “Queríamos demostrar que podíamos proporcionar los mismos servicios que los proveedores de servicios sociales pero sin la eterna burocracia. De hecho, en un momento dado llegamos a tener una bolsa de plástico gigante con 800.000 dólares en ella. La gente continuaba dándonos dinero pero no íbamos a meterlo en un banco. Tienes todas esas reglas y regulaciones. Y Occupy Wall Street no puede tener una cuenta bancaria. Siempre digo que el principio de acción directa es el empeño desafiante de actuar como si uno ya fuera libre”.

Cita con aprobación al colectivo anarquista Crimethinc : “Poniéndote constantemente en nuevas situaciones es la única manera de asegurar que estás tomando decisiones que están libres de la naturaleza del hábito, la ley, las costumbres o los prejuicios – y depende de ti el crear las situaciones”. La Academia fue una vez, reflexiona, el paraíso para los bichos raros – fue una de las razones por las que entró en ella. “Era un refugio. Ya no es así. Ahora, si no puedes actuar como un ejecutivo profesional, ya puedes decir adiós a la idea de una carrera académica”:

¿Por qué es tan terrible? “Significa que estamos cogiendo a un porcentaje enorme del mejor talento creativo de nuestra sociedad y les estamos diciendo iros al infierno…Los excéntricos han sido expulsados de todas las instituciones. Bueno, puede que no todos. “Soy una persona poco convencional. Soy uno de esos tipos a los que no se le permitiría ser parte de una institución académica hoy en día”. De hecho, el afirma que ha sido excluido del mundo académico americano y encontró refugio en el Reino Unido. En 2005, estando en Yale, se tomó un año sabático “participando en un montón de acciones directas y apareciendo en los medios de comunicación”. Cuando volvió a su trabajo, dice, fue desdeñado por sus compañeros y no se le renovó el contrato. ¿Por qué? En parte, cree, porque sus actividades contraculturales fueron un bochorno para Yale.

Nacido en 1961 en Nueva York, en el seno de una familia obrera judía, Graeber cuenta con una herencia radical. Su padre, Kenneth, trabajador en una imprenta, luchó en la Guerra Civil española, y su madre, Ruth, fue una trabajadora textil que interpretó el papel principal en Pins and Needles, una obra musical de los años 30 puesta en escena por la Ladies’ Garment Workers’ Union.
Su hijo se definió a sí mismo como anarquista a la edad de 16 años, pero fue en 1999 cuando comenzó a estar más involucrado en política, al formar parte de las protestas contra la Organización Mundial del Comercio que tuvieron lugar en Seattle. Más tarde, mientras daba clases en Yale, se unió a los activistas, artistas y “pranksters” del Direct Action Network en New York. ¿Hubiera llegado más lejos en Yale de no ser anarquista? “Tal vez. Supongo que tengo dos cosas en contra. Una, parezco estar disfrutando demasiado de mi trabajo. A esto se añade la pertenencia a la clase social equivocada: vengo de una familia de clase obrera”. Lo que perdieron los Estados Unidos lo ganó el Reino Unido: Graeber pasó a ser lector de antropología en Goldsmiths, University of London, en 2008 y profesor de la LSE (London School of Economics) dos años después.

Sus publicaciones incluyen Fragments of an Anarchist Anthropology (2004), en el cual expone su visión sobre cómo la sociedad podría ser organizada siguiendo unos parámetros menos alienantes, y Direct Action: An Ethnography (2009), un estudio sobre el movimiento de justicia global. En 2013, escribió su libro más popularmente político hasta ahora: The Democracy Project. “Quería titularlo: Como si fuéramos ya libres”, me cuenta. “Y los editores se rieron de mí – ¡un subjuntivo en el título!”. Pero fue Debt: The First 5,000 Years, publicado en 2011, el que lo hizo famoso y con el que cosechó elogios de gente como Thomas Piketty y Russell Brand. El antropólogo y periodista del Financial Times, Gillian Tett, sostuvo que el libro “no sólo invita a la reflexión, sino que es extremadamente providencial”, entre otras cosas, sin duda, porque en él Graeber pide un “jubileo” bíblico, es decir, una erradicación tanto de las deudas soberanas como de las deudas de consumo”.

Al final de The Utopia of Rules, Graeber distingue entre “play” y “games”- el primero, como juego recreacional que implica una creatividad espontánea, el segundo, un juego que requiere que los participantes se atengan a unas reglas. Aunque del segundo se obtenga placer (esto es, citando el subtítulo del libro, uno de los regocijos secretos de la burocracia), es el primero el que le estimula como antídoto a nuestra sociedad de formularios por rellenar y eternos trámites burocráticos.

Justo antes de acabar su cena, Graeber me comenta la nueva idea a la que está dando vueltas. “Es acerca de la regla del juego en la naturaleza. Normalmente, sostiene, atribuimos una voluntad a la naturaleza en la medida en que hay cierto tipo de interés económico. De ahí, por ejemplo, The Selfish Gene de Richard Dawkins. Empiezo a entender mejor la idea – es una teoría anarquista sobre la organización que comienza con los insectos y otros animales, continuando con seres humanos. Él sugiere que en lugar de ser drones económicos del capitalismo, simples seguidores de normas, tenemos una naturaleza esencialmente lúdica. El nivel más básico del ser es el juego más que la economía, la diversión más que las normas, el hacer el bobo más que estar rellenando formularios. El mismo Graeber da la impresión, sin lugar a dudas, de estar disfrutando más de lo que parece ser lo apropiado en un respetado profesor universitario.

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