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December 12, 2013
December 12, 2013

Ucrania: días de decisiones, días de lucha

Author: Ilya Budraitskis Translator: Sara R. Romo
Source: Left Open  Category: Protest
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Ucrania: días de decisiones, días de lucha

Lo que está sucediendo en Ucrania en este momento corresponde cada vez más a la definición clásica de una situación revolucionaria. La gente, una vez que ha salido a las calles, está dispuesta a defenderla en masa enfrentándose duramente contra la policía. Los eslóganes, que inicialmente dieron origen al movimiento, han dado paso ahora a la cuestión principal de cualquier revolución: la cuestión del poder. Las dudas y la clara falta de unidad dentro de las élites, la participación de los líderes mundiales en este o aquel lado, las negociaciones a escondidas, las conspiraciones y las manipulaciones de los medios de comunicación… todos dependen del movimiento, de su dinámica, de su disposición a llegar hasta el final sin importar las consecuencias. Esta extraña revolución no tiene un proyecto alternativo para ofrecer, ni politicamente, ni socialmente. Pero existe como un proceso y sus participantes, como todos los participantes de cualquier revolución, están creándose su papel en la historia, aquí y ahora.

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Todo esto es cierto, y es por eso por lo que no tenemos motivos para el optimismo. Porque la otra parte de la historia es que, si la revolución consigue la victoria, traerá consigo un gobierno de coalición de derechistas y ultraderechistas. Ucrania corre así el riesgo de convertirse en el punto marrón más grande del mapa de una Europa del Este donde la derecha es ya la tendencia más marcada. En lugar de luchar por sus derechos y mejorar colectivamente sus vidas reales, los ciudadanos de este país pobre, amargado por la corrupción y la ilegalidad, han ondeando banderas nacionales con estúpido éxtasis y han luchado con los símbolos de un lejano pasado.

Esta indiscutible irracionalidad de la situación de Ucrania sirve como la mejor excusa para la pasividad de aquellos que tienden a ver las revoluciones como, sobre todo, la realización final de los “intereses objetivos” de los pueblos oprimidos. Ante nosotros, sin duda, tenemos una “incorrecta “y por lo tanto condenada revolución, que sin embargo no deja de ser una revolución. Las ilusiones de sus participantes, aunque no tengan sentido, no son una mera consecuencia de una súbita locura colectiva, sino que son un producto lógico de la sociedad que los dio a luz.

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Los comentaristas de izquierdas han escrito -de manera justa y copiosa- que la firma del tratado de libre comercio entre Ucrania y la UE va a destruir la industria ucraniana, junto con miles de puestos de trabajo y en consecuencia, la gente común se encontrará rehén en los conflictos de intereses de los clanes burgueses. Estos análisis, sin embargo, a menudo relegan la ideología a un papel secundario, a una mera expresión de la “falsa conciencia”. Pero cuando se trata del contenido del proceso revolucionario (es más, de la lucha por estos contenidos), las cuestiones ideológicas devienen de crucial importancia. En las sociedades post-soviéticas, donde la fragmentación social ha alcanzado el límite de lo posible, las esperanzas de la solidaridad política, de alguna forma de cooperación entre las personas, nacen, de manera bastante literal, de la basura. El problema no radica sólo en un sistema educativo en continua degeneración o en una cultura política envenenada por la corrupción y la mentira desde hace muchas décadas. La falta de naturalidad de las “demandas sociales” tanto de Moscú en 2011 como de Kiev en 2013 (y esta fea paradoja ha sido observada con frecuencia por los activistas de izquierda, quienes han intentado persistente “presentarlas” como son) está conectada con el trabajo destructivo del triunfante mercado neoliberal. La destrucción se extiende mucho más allá de la economía: se extiende en la conciencia colectiva, en nuestra capacidad de confiar en los demás y actuar juntos. Esta confianza fundada en intereses comunes ha sido reemplazada por una vaga nostalgia por dicha confianza, por el agotamiento de rebeldía de la propia sospecha de uno o de la lógica de la competencia, que ha calado en todos los aspectos de la vida cotidiana. Este agotamiento se expresa en el lenguaje político de la Euromaydan (no en el ideal político de igualdad y justicia, sino en las únicas políticas popularmente disponibles en la actual Ucrania).

En su perceptivo análisis, la activista ucraniana Olga Papash se pregunta sobre la tranquila convivencia entre eslóganes para la eurointegración y una retórica atávica del nacionalismo étnico. Ella revela el punto en el que estas ideologías aparentemente excluyentes convergen y dan a luz a la extraña síntesis que anima actualmente las protestas de Ucrania. Este es el vector “lejos de Moscú”, que une la centenaria tradición del nacionalismo ucraniano (no necesariamente reaccionaria, pero sí anti-imperialista y emancipadora ), la línea inamovible de la élite ucraniana postsoviética, que ha buscado a través de su política de nacionalización de la vida legitimarse a sí mismo ante los ojos de sus súbditos, y, finalmente, los bien fundados temores a la agresividad de las empresas rusas y el poder autoritario del Kremlin, que está a su servicio. Durante la última década , la creciente agresividad de las élites rusas, sus esfuerzos por inscribir a Ucrania en el ámbito de sus intereses comerciales, expresados a veces en una propaganda chovinista (rusa), ha vuelto a despertar casi deliberadamente todos los mitos del nacionalismo ucraniano.

Hoy en día la cuestión de socavar la hegemonía nacionalista en Ucrania está directamente relacionada con la capacidad de las fuerzas de izquierda y progresistas de Rusia para representar a otra Rusia, una Rusia que encarna los ideales de la democracia genuina, la igualdad y la liberación social, que en su día también definió el movimiento de liberación ucraniano. Es precisamente esta versión de “patriotismo progresista” que contiene, en mi opinión, la mejor oportunidad para nuestros camaradas ucranianos. Después de todo, lemas como “¡comunistas a la horca!” o “¡muerte al enemigo!” (dos de las consignas coreadas con mayor frecuencia en el Euromaydan) no representan una continuación legítima de la tradición de Ivan Franko, Vladimir Vinnichenko , o Mikola Khvylovy.

El segundo componente del centauro ideológico de la oposición derechista (la demanda ucraniana de democracia, control de las personas y transparencia) también debe ser desafiada por la izquierda. Es precisamente a partir de la posición de la democracia directa que debemos desafiar las pretensiones del triunvirato Yatsenyuk-Klichko-Tyahnynibok de monopolizar el movimiento, así como a la censura física implementada por los comandos del ultranacionalista Partido de la Libertad.

Cada una de estas figuras ideológicas, que define la cara de las protestas de Ucrania, puede ser desafiada sólo cuando estemos preparados para aceptar el movimiento como nuestro, incluso cuando estemos dispuestos a tomar sus derrotas, pero no sus victorias dudosas, como nuestras.

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