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November 11, 2014
November 11, 2014

Una inesperada zona fronteriza: el regreso de la frontera Franco-Italiana

Author: Anna Papoutsi Translator: Susana García
Source: Open Democracy  Category: Borders
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Una inesperada zona fronteriza: el regreso de la frontera Franco-Italiana

El 30 de septiembre de 2014, a las 7. 20 de la mañana, un migrante congoleño fue atropellado por el tren regional TER que hacía el trayecto Italia-Francia. El hombre, que estaba viajando junto con otros migrantes y que trató de cruzar las vías del tren, sufrió lesiones craneales graves y fue trasladado al hospital local. El accidente, sin embargo, interrumpió la vida de los usuarios del tren en una de las zonas más ricas y más conservadoras de Francia, trayendo de vuelta la tensión franco-italiana de 2011 que condujo al resurgimiento de una frontera interna en la EU. “Este trágico accidente nos recuerda la crisis sobre flujos migratorios en la frontera italiana”, escribió en Twitter el diputado y presidente del Consejo General de los Alpes Marítimos, Eric Ciotti, pidiendo al Ministro de Interior francés, Bernard Cazeneuve, más medidas policiales en la frontera. Pero ¿qué frontera? Accidente o suicidio, este trágico evento trajo de nuevo a un primer plano el conflicto franco-italiano de 2011 sobre el control de la frontera invisible de Ventimiglia.

Ventimiglia

Ventimiglia, con una población de unos 25.000 habitantes, es una ciudad fronteriza en la Riviera italiana; de hecho, es la última ciudad antes de llegar a Francia, a unos 30 kilómetros (de ahí su nombre, veinte millas); todos los viajeros tienen que pasar por allí dado que los Alpes, básicamente, bloquean cualquier otra ruta.

Esta ciudad fronteriza acaparó todos los titulares en 2011 cuando la Primavera Árabe desencadenó una ola de migración desde los países del norte de África. Se tiene constancia de que unos 50.000 migrantes llegaron sólo a Lampedusa en 2011, según Sonia Viale, que entonces encabezaba el Ministerio del Interior italiano. Muchos se dirigieron al norte, vía Milán, con destino Alemania y Escandinavia, pero algunos llegaron a Ventimiglia, abriendo una nueva ruta que se sigue usando hasta el día de hoy.

Son francófonos, la mayoría tunecinos, e intentan llegar a Francia, la anterior potencia colonial, cuya lengua hablan y cuya economía goza, en cierta manera, de mejor salud y donde muchos tienen familiares. Los migrantes se juntan en la estación del tren, normalmente haciendo noche allí, para poder coger el primer tren. Se les acercan organizaciones mafiosas que no habían estado por la zona desde que las fronteras en el interior de la UE fueron eliminadas. Cada día parten para Francia: la mayoría cogen el tren, otros pagan 50€ a estas organizaciones mafiosas para que los lleven en coche, y el resto recorren a pie, a plena luz del día, la carretera costera, donde todavía se ve el abandonado puesto de control fronterizo.

Se dirigen primero a Niza y después se encaminan hacia la multicultural Marsella, o Paris, o puede que incluso Calais, para cruzar por última vez el mar, en otro arriesgado viaje, esta vez con el Reino Unido como destino final. Sin embargo, las patrullas fronterizas francesas abordan los trenes diariamente en busca de migrantes – mirando a la gente, pidiendo papeles y devolviendo a Italia a aquellos que no tienen.

Algunos lo consiguen, pero para muchos de ellos se convierte en un doloroso juego de ping-pong fronterizo entre dos gobiernos, cada uno de ellos con sus propias agendas políticas y sus propias políticas de inmigración. Para empezar, esta es una frontera que no debería estar allí; tanto Francia como Italia han ratificado el Acuerdo de Schengen y eliminaron los controles fronterizos en 1997, cuando Italia se unió al Acuerdo. Sin embargo, según el acuerdo de readmisión bilateral de Chambery, firmado en 1997 por Italia y Francia, cada país puede devolver “inmigrantes ilegales” que se encuentren en sus respectivos territorios cuando pueda ser “materialmente probado” que han entrado a través del otro país.

El conflicto sobre una frontera invisible

Con la llegada de los primeros migrantes en 2011, el asunto se erigió como un conflicto potencial entre Italia y Francia – estando ambos, Nicolas Sarkozy y Silvio Berlusconi ante un año de elecciones – y rápidamente se intensificó hasta llegar a poner completamente en peligro el Acuerdo de Schengen. Herman Van Rompuy, el entonces Presidente del Consejo Europeo, pidió a ambas partes que no “exageraran” el asunto sobre emigración en cuestión. “Ni Italia ni Francia han hecho, de momento nada, ilegal. Dicho esto, hay un riesgo de violación del espíritu de los Acuerdos de Schengen”.

El gobierno italiano otorgó a los que llegaron entre el 1 de enero y el 5 de abril de 2011, permisos de residencia temporales por razones humanitarias, permitiendo a los migrantes seguir el viaje por el Espacio de Schegen. Esto llevó, unilateralmente, a Francia a restablecer la frontera con Italia, estableciendo controles fronterizos en peajes en Menton – la primera ciudad francesa – pero también subiendo a los trenes y comprobardo los papeles de los migrantes. Las autoridades locales francesas llegaron hasta el extremo de parar durante un día la conexión por tren entre Ventimiglia y Menton, en su esfuerzo por impedir que migrantes y activistas cruzaran la frontera a bordo del “Tren por la Dignidad” desde Boloña y Génova destino Marsella [1].

La tensión también llevó a revisar el Código de Fronteras Schengen, introduciendo una aplicación más estricta de las condiciones de libre circulación. Esto significó que los permisos temporales de residencia que poseían los migrantes dejaban de ser válidos para las autoridades francesas. Además de poseer un documento de viaje y de residencia válidos, los migrantes, de repente, tenían que justificar el propósito de su estancia y probar que tenía “suficientes medios para subsistir”, ¡estimado en 62€ en efectivo (la cantidad estimada de dinero que un turista necesitaría para pasar un día en Francia)!

Italia dejó esta situación sin resolver, argumentando que todos los Estados Miembros necesitaban afrontar su parte de responsabilidad y tomar parte en el problema de los migrantes llegando a Lampedusa diariamente. Tanto el ministro del interior italiano como el alcalde de Ventimiglia apelaron a la solidaridad europea.

Como resultado, y seguido por meses de controvertidas negociaciones, el Parlamento Europeo, la Comisión Europea y el Consejo de Europa llegaron a un acuerdo el 30 de mayo de 2013, para la creación de un nuevo mecanismo que evitara tensiones similares en el futuro; esta herramienta estaba diseñada para permitir a la UE resolver situaciones en las cuales, un Estado Miembro no estuviera cumpliendo con sus obligaciones de control de su parte de la frontera exterior, o una parte concreta de la frontera externa se viera ante una inesperada y fuerte presión debido a motivos externos. Se establecieron nuevas normas comunes, reintroduciendo los controles en las fronteras internas como una “medida de último recurso”.

¿Vuelta a la normalidad?

Hoy en día, las cosas han vuelto a su cauce en Ventimiglia; los activistas franceses e italianos se han ido, al igual que la prensa; el accidente causó cierta indignación entre los viajeros del tren, y dio la oportunidad a las autoridades locales francesas de reclamar más medidas políticas. La frontera ha vuelto a ser invisible y el masivo número de viajeros diarios es un testimonio de eso; es una región en la que la gente cruza la frontera diariamente para ir a trabajar o para ir a por una pizza; el concepto por excelencia de una Europa sin fronteras.

Pero el Espacio Schengen parece ser un privilegio disfrutado sólo por los ciudadanos del EEE, y está a años luz de la realidad vivida por los migrantes que llegan a continente. Lejos de ser un “espacio sin fronteras”, la retirada de las fronteras interiores en el espacio Schengen ahora significa que todas las zonas internas de la UE se convierten de manera creciente en objeto de control fronterizo; que las personas de apariencia inmigrante son el blanco de las autoridades en espacios públicos y se espera de ellos que faciliten sus documentos en cualquier momento y en lugares inesperados. En Grecia, desde 2012, la operación policial Xenios Zeus ha realizado identificaciones basadas en el aspecto de migrante de individuos en espacios públicos en el centro de las principales ciudades del país, llevando a la detención de unas 80.000 personas hasta el momento [2].

De la misma manera, y en un lugar donde normalmente no estaríamos pendientes de fronteras, el proyecto suizo REVA fue lanzado en 2009 por el Servicio de Prisiones y Libertad Condicional (Kriminalvården) y el Departamento de Inmigración (Migrationsverket): el proyecto identificaba perfiles raciales a los viajeros del transporte público del país, en un intento de encontrar y deportar “inmigrantes ilegales” [3].
Finalmente, lo mismo, pero a un nivel europeo, es lo que persiguen explícitamente las operaciones de FRONTEX como Aerodromos, Aphrodite, Perkunas y la última de todas, Mos Maiorum [4].

La frontera no es invisible, sino más bien, como Balibar señala, la frontera está en todas y en ninguna parte [5]. Y es del todo visible para los migrantes y para todo aquél que se preocupe por verlo.

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[1] Se puede leer más sobre el “Train for Dignity” here

[2] Dalakoglou, D. (2013). ‘From the bottom of the Aegean Sea to Golden Dawn: Security, Xenophobia, and the Politics of Hate in Greece’, Studies in Ethnicity and Education, 13 (3), pp. 514-522. En castellano aquí

[3] Keshavarz, M. y Zetterlund, C. (2013). ‘A Method for Materialising Borders in Fahlén’, (ed.), The Silent University, Stockholm: Tensta Konsthall, 27-30.

[4] http://www.statewatch.org/news/2014/oct/migrant-hunt.htm

[5] Balibar, É. (2002) “What is a border” in Politics and the Other Scene. London: Verso

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