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July 26, 2012
July 26, 2012

Carta a un amigo Italiano

Author: Thomas Tsalapatis Translator: Anna Papoutsi
This article is also available in: elenit
Carta a un amigo Italiano

Querido Alberto,

Cuando yo era niño mis padres habían encontrado una manera disimulada para hacerme aprender geografía. En mi habitación infantil, por encima de mi cama infantil, habían puesto un mapa de Europa. Así que cada mañana que me levantaba, veía al mar (no está mal, ya ves, yo vivía en el centro de Atenas). Junto con él, cada mañana me deseaban buenos días las fronteras, las capitales, las formas y los colores de los países.

Puedo decir que al principio no me apetecía especialmente ese mapa. Era muy serio y siempre apuntaba con un dedo estricto a los juguetes de mi niñez como el maestro en clase. El primer entusiasmo llegó con el descubrimiento de que la forma de tu país es como la de una pierna que patea una pelota. La emoción se hizo aún más grande porque aquellos días tenía lugar en Italia la copa mundial de 1990. Por primera vez, todos los niños del barrio se reunieron en los estrechos callejones para medir nuestra habilidad al fútbol y nuestro conocimiento sobre los jugadores. Por tanto, aquellos días todo tuvo sentido para mí y la geografía adquirió un significado totalmente diferente (hoy estoy decepcionado tanto con mi comentario trivial sobre la geografía de tu país como con mi habilidad en el fútbol).

Siempre me han gustado los países representados con mis colores favoritos y lo estoy mencionando sólo para hacerte saber la suerte que tienes, ya que Italia fue representada con el color verde, mi color favorito. El mismo color fue compartido por Polonia, Suecia, Irlanda y Andorra. Aún hoy no puedo entender qué conexión secreta vistió todos estos países en verde, pero seguro que tienen suerte con la selección que ha sido hecha por ellos. Al contrario, mi país era representado obstinadamente con un naranja desteñido, el color de las naranjas amargas cuando se caen de las ramas al pavimento y se envejecen sin que nadie las pele. Siempre he creído que no era justo, y todavía lo creo. Pero de todos modos, pronto me vi los colores en el mapa cambiando y distorsionando y mezclando las formas. La Unión Soviética se cayó, las dos Alemanias se unieron y Yugoslavia se rompió en ruinas. Mi madre me dijo que esas cosas pasan con los mapas, y que durante la primera mitad del siglo era aún peor y que no debía molestarme. Yo no la creí – seguramente porque no sabía lo que era la primera mitad del siglo– pero de todos modos me he mantenido preocupado desde entonces.

Casi 10 años han pasado desde cuando el mapa de Europa estaba colgado en la pared y, mientras que todo en la habitación había cambiado, él reivindicaba su estabilidad triunfando. Fue exactamente cuando el gran terremoto de 1999 sucedió. Por primera vez en 10 años, el mapa se encontró en el suelo, golpeado, vencido repentinamente. Por razones de honor volví a colgarlo pero su expresión severa ya se había perdido igual que su estabilidad. En este punto tengo que informarte de que mi país es conocido por algunas partes de su producción. Produce yogur de excelente calidad y poetas aún mejores. Jugadores de fútbol mediocres y aún peores primeros ministros, pero por lo menos jugadores de baloncesto muy hábiles. Siempre he creído que los terremotos que producimos se encuentran entre los mejores de Europa, como se manifiesta no sólo en la crisis económica, sino también en las recientes elecciones y el ascenso de la izquierda. Pero ¿qué te iba a decir? -¡oh, sí, sobre la estabilidad del mapa!. Así que, después de su primera caída, el mapa se caía en cada terremoto grande o pequeño. Con tal precisión que en un momento ya no estaba seguro de que fueran los terremotos los que causaban la caída del mapa o era la caída del mapa la que causaba el terremoto en el país. Creo que debido a esta duda sentí la primera picadura de responsabilidad hacia la sociedad y terminé en la izquierda. De todos modos –no quiero desconcentrarte– y para acabar con el mapa, quería decirte que la última vez que lo vi fue a la edad de 18 años. A mis 18 años el mapa se cayó una última vez. Mientras yo dormía, directamente en mi sueño. Los capitales, las líneas y los colores desaparecieron en mi sueño. Los colores se mezclaron tanto que, desde entonces, mis sueños están ciegos al color. Hoy Europa es un continente desconocido para mí. Su imagen borrosa está enganchada en la memoria como una espina en el paladar. Por lo menos –y no sé por qué– los terremotos terminaron.

Querido Alberto

Mi nombre es Thomas Tsalapatis y tengo 27 años. Estudié en el departamento de estudios de teatro en la Universidad de Atenas. Hace poco, mi primera colección de poesía y un libro de poesía traducida han sido publicados. Estoy contribuyendo con artículos en periódicos y revistas durante cuatro años y al mismo tiempo he estado practicando stand-up comedy. No quiero centrarme en ninguno de estos, simplemente siento la necesidad de presentarme ya que te estoy escribiendo. Si tuviera que centrarme en algo sería el número 27. En los últimos años he viajado a varios países europeos –entre ellos pasé 6 meses en Siena con mi novia haciendo al curso Erasmus, tal vez los 6 meses más bellos de mi vida– hablé con gente que tenían el número 27 en un pequeño papel en su mano (como sucede en los salones de espera en las oficinas de correos), el 27 y otros números vecinos. Juntos aprendimos a contar en varios idiomas. Y nos parecía, aunque la edad sea una suma –necesariamente e inevitablemente ya que tenemos el mal hábito de envejecer– como una sustracción, ya que cada día en los últimos años el futuro va disminuyéndose. Sabes, estoy pensando que cuando tienes 27 años, tu edad no tiene nacionalidad. La sala de espera es común en Italia o en Grecia, en Portugal, en España y en Irlanda. Si esta situación sigue así, creo que la sala de espera va a tomar la forma y el tamaño de Europa. Por el momento estamos esperando en esta sala esterilizada y tan pronto como nuestra edad está dicha, vamos a mandar nuestro mañana a algún destinatario desconocido. La crisis lamerá los sellos. La crisis y los que la diseñaron.

¿Quieres que te guíe en mi edad?

Vivimos en un mundo de edificios de nueva construcción derrumbados, en una ruta de escombros frescos. Si hay un grupo que más se está afectando por la crisis es la generación más joven. Esta edad dividida entre su exaltación física y su perspectiva prematuramente envejecida. Esta agrupación de personas bajo un cancelado futuro común. No es sólo porque las decisiones afectan su presente inmaduro, sino porque multiplican su importancia y peso dentro de un futuro incierto. Por lo tanto, en gran medida nuestra generación vive el presente como el estancamiento, el futuro como cierto y, al mismo tiempo, desconocido peligro y la historia como traición (hablando de la historia me refiero a la historia moderna, la espina y el mapa que ha perdido sus colores).

El desempleo crece día a día, haciendo que el trabajo precario imperante parezca un regalo amargo cuando y si aparece. Contratos abiertos horarios no especificados, la arbitrariedad de empleadores y los pagos en retraso son la escolta raída de estos regalos. Al lado de la vieja concepción del proletariado vienen a añadirse los números crecientes de precariedad, del empleado moderno que trabaja con futuro incierto y sin seguridad (de la palabra inglesa Precarity).

Los jóvenes desempleados modernos no tienen ninguna semejanza con las generaciones de desempleados del siglo pasado. En general educados, a menudo bien calificados con dos y tres diplomas, familiarizados con las tecnologías, las tendencias nuevas, el internet, los idiomas, los viajes y simultáneamente bloqueados, amordazados y sin esperanza. El término relativamente nuevo llegó a describir estas multitudes crecientes, los cognitarios (del cogito latino y cartesiano) describe en la mejor manera este caso: el caso del joven que tiene el conocimiento pero no la riqueza, el poder, la perspectiva. Pero creo que he empezado a teorizar. A veces esto parece ser la manera más amable para ocultar la ira.

¿Quieres que te guie en mi ciudad?

No en las antigüedades y las tabernas. Ni siquiera en la vieja rutina que está tratando de seguir con sus miembros heridos y ensangrentados por las trampas de la realidad. Un poco más lejos. Donde las cuchillas nazis cazan al débil, al inmigrante, al Otro. Donde la miseria se bautiza crimen, el asesinato defensa justa y el retorno al estado bestial orgullo nacional. Y un poco más allá, en los escalones de la realidad griega donde duermen los sin hogar, donde los drogadictos se colocan, donde los fantasmas intercambian gestos. ¿Has visto la gangrena alguna vez? La vas a encontrar en el centro de la ciudad junto a tarjetas postales sonrientes y negociantes extravagantes algo nerviosos. En este país los últimos 3 años contamos suicidios: tres cada dos días. ¿Has oído lo que significa policía griega? ¿Has oído hablar de los 20 prostitutas VIH-positivas? 20 mujeres están en la cárcel, viviendo en condiciones infrahumanas entre las aguas residuales y los ratones porque son portadoras del SIDA. Ciertamente primero fueron vilipendiadas con sus fotos circulando en los periódicos, por ahí entre el OJO PELIGRO hallado en las etiquetas o el BUSCADO. MUERTO O VIVO que se encuentra en el salvaje oeste. Fue el regalo más reciente de los dos partidos políticos principales de nuestro país (PASOK, Nueva Democracia), de los tribunales y de los medios de comunicación, el momento más reciente en una serie de delitos económicos, políticos y morales. Pero déjame decirte algo. Me parece extraño pero no me desespero. Si te fijas en lo que precedió al siglo 20 griego no te puedes desesperar. Aquí la oración es la piedra.

¿Quieres que te guie en mi historia?

Y no estoy hablando de la batalla de Maratón y Termopilas. Sólo de los 100 años del siglo pasado. Vamos contando: 2 guerras Balcánicas, 2 guerras mundiales. El desastre de Asia Menor, los refugiados, el desarraigo. La más sangrienta guerra civil en Europa. Los exiliados, los perseguidos y torturados. 4 golpes de estado con la última junta militar de 67 a 74. La invasión de Chipre… Mirando hacia atrás se aprende no sólo la historia sino también la aritmética. La aritmética de la pérdida. Pero sobre todo se aprende a no desesperarse, aguantar, luchar y esperar.

Querido Alberto

Junto a la Grecia de la crisis, hay otra Grecia desde hace años. Una generación nueva a la cual se le quita algo que ni siquiera tuvo el tiempo de tocar. Una generación que está aprendiendo a deletrear la creación de lo nuevo. La generación que, en diciembre de 2008 tras el asesinato de Alexandros Grigoropoulos de 15 años en el centro de Atenas por la policía, estableció a través de su revuelta un límite moral que nadie puede sobrepasar. Que describió una multitud que nadie ya podría pasar por alto. Una generación que cada día define de nuevo el derecho a la desobediencia civil. Desde la negación de pagar en los peajes y los autobuses hasta las protestas masivas de los últimos años y un enfrentamiento con la policía. Una generación que intentó definir de nuevo su relación con el concepto de la política, desde las asambleas abiertas de los Indignados en la plaza Syntagma hasta asambleas populares en cada plaza del país.

Pero se me olvidó hablarte del arte. El arte existe al lado de todo esto. Junto al color negro del sufrimiento y la injusticia, el blanco del deseo y de lo nuevo, al lado de todos los colores de la resistencia. Y tú escribes y escribes. Redactas artículos, letras de canciones, chistes, junto a todos los que están cayendo. Vacilantemente, a menudo con un sentimiento de culpa, un sentimiento de derrota somera. No sé para qué necesitamos el arte en esos momentos, de qué sirve, a quién ayuda, y sobre todo quiénes lo están buscando. Simplemente sé que se necesita. En los momentos más oscuros, el arte sobrevive como una necesidad, se vive con la naturalidad de lo urgente y durante sus momentos más felices y auténticos enseña la valentía.

Seguramente te volveré a escribir una carta en algún momento. Para hablarte de las docenas de nuevos grupos teatrales que tratan de lo nuevo. La generación nueva de poetas que ya cuenta con sus primeras grandes letras. Los cuentos y novelas que buscan respirar de una forma diferente. Las proyecciones gratuitas en casas ocupas y plazas cada día en toda la ciudad. Y sobre todo, los debates, las discusiones eternas hasta la primera alarma del sol. Tal vez algún día te hablaré de esta Primavera Negra nuestra.

Me gustaría despedirme con un verso. Pertenece al poeta Paul Celan y me lo ha enseñado un muy buen amigo mío. El poeta escribe: ”Oh, tú cavas y yo cavo y cavo dentro de mí hasta llegar a ti”. Mientras los tiempos están cambiando la piel, mientras que el evidente está cayendo a pedazos y las viejas certezas huyen aterrorizadas, estas épocas parecen épocas para cavar duramente. Y tal vez, al final, tendremos la oportunidad de conocer todo nuestro interior, sin felicidades excesivas, conclusiones precipitadas o adornos fáciles. Y a lo mejor allí dentro, junto a nosotros, nos encontraremos con los demás y tal vez un poco más allá con el Otro. Desnudo de prejuicios, color, nacionalidad. Mi querido Alberto, espero encontrarte allí dentro.

Con amor sincero

Thomas

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