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February 24, 2014
February 24, 2014

Para que Ucrania tenga sentido, hay que poner la clase en el foco de nuevo

Source: LEFTEAST  Category: Protest
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Para que Ucrania tenga sentido, hay que poner la clase en el foco de nuevo

Viktor Yanukovich empezó su carrera como matón y permaneció un matón incluso como líder político. Su régimen era corrupto, patriarcal, autoritario, ineficiente y clasista. Claramente, tenía que irse.

Pero los que aplauden su salida después del voto de la Rada Ucraniana están muy equivocados. Fue derrocado no como resultado de un levantamiento popular sino después de maquinaciones a puerta cerrada y politiqueo a escondidas. El pueblo Ucraniano en general y los que protestaban en Maidan durante semanas fueron excluidos de estos tejemanejes, pese a ser los primeros en recibir las balas del modo mafioso con el cual el Presidente trató las protestas. Por lo tanto, los acontecimientos en Ucrania se parecen más a un golpe de estado que a una revolución democrática o socialista.

Mientras nadie debería preocuparse demasiado por el derrocado Yanukovich, hay muchos asuntos que se tendrían que afrontar de forma crítica. Barrerlos debajo de la alfombra y celebrar la victoria del pueblo contra una marioneta corrupta de la oligarquía corrupta es muy débil, a nivel teórico, y, a nivel político, conservador.

Parece que de repente nos olvidamos de dos aspectos. Primero, Yanukovich fue un presidente democráticamente elegido. Como observador electoral en Kiev durante las elecciones de 2010, recuerdo que había consenso entre los observadores internacionales de diversa índole que las elecciones eran libres y justas y con gran legitimidad. Yanukovich venció claramente a Tymoshenko y su forma de hacer política. Aunque no todo el mundo estaba contento, pocos refutaron el resultado. Después de las negociaciones del Viernes, Yanukovich aceptó respetar el camino electoral y prestó atención a las demandas de los manifestantes de convocar elecciones anticipadas en Noviembre. Aunque normalmente no tengo mucho aprecio de la idea liberal-democrática de los ciclos electorales y la democracia representativa, sigue siendo preferible que la toma forzada del gobierno llevada a cabo a través de maniobras políticas poco transparentes por parte de secciones de las élites políticas y sin mandato popular. La situación en Ucrania es bastante similar a la del Egipto donde el ejército apoyó un golpe contra un presidente democráticamente elegido. Lo que siguió, claramente, fue más autoritarismo y abuso discrecional del poder estatal y no más democracia popular y control por parte del pueblo. Por lo tanto, lo que estamos viendo es la siguiente paradoja que se esconde con cuidado detrás del cinismo: aunque a nivel retórico el poder de la gente en las calles se alaba, en la práctica están de facto excluidos de cualquier decisión política. Se reducen a masas pasivas, se les pide o oponerse al gobierno anterior o aplaudir el nuevo. Eso es peor que echar un voto y jugar el viejo juego de la democracia.

Un segundo punto que se olvida también es que estas protestas no empezaron como una reacción a secas al gobierno de Yanukovich y no tuvieron directamente raíces u objetivos sociales. Su pretexto fue la negación por parte de la administración de Yanukovich de firmar el Acuerdo de Asociación entre UE-Ucrania. Sin lugar a duda, este Acuerdo era perjudicial para Ucrania y ofrecía pocos beneficios a los ciudadanos Ucranianos de a pie. Pero más allá de este punto teórico, es un hecho que Yanukovich actuó de acuerdo con la mayoría de sus votantes – las circunscripciones industriales y campesinas del Este de Ucrania- que simplemente tenían todas las de perder si el Acuerdo se firmara. Por muy corrupto e ineficiente que fuese su régimen, la presidencia de Yanukovich representó, aunque a mínimos, los intereses concretos de una gran parte de la clase trabajadora de la Ucrania post-comunista. No veo ninguna preocupación respeto a la representación política de esta gente que ahora están obligados a aceptar una decisión política tomada en Kiev con la fuerza. La izquierda, aceptando la destitución de Yanukovich por corrupto, aceptamos simplemente el lenguaje y las políticas de la fuerzas locales e internacionales liberal-conservadoras y renunciamos al discurso de clase y a la política de clase. Evidentemente, Yanukovich no era un héroe de la clase trabajadora, pero su derrocamiento del poder debería obligarnos a promover con más urgencia una perspectiva de clase que ha estado absolutamente ausente. El discurso cultural que identifica un brecha fundamental entre las dos Ucranias y el discurso conservador que habla sólo de (igualmente) corruptos líderes y oligarcas, apoyado por un tono racista que opone la civilizada UE a la autoritaria, dictatorial Rusia, consiguieron anular la categorías de clase y con ellas a las personas concretas que tienen intereses particulares.

Desafortunadamente, muchos observadores, incluyendo a algunos próximos a la izquierda, se desviaron a través de estas mistificaciones ideológicas. Por instinto apoyaron a las personas en Maidan pero olvidaron observar que éste no era un movimiento de clase con objetivos sociales concretos. La composición de la protesta fue más heterogénea, su mensaje fue turbio o casi conservador hasta que finalmente se redujo a pura histeria reaccionaria, religiosa y extremista. Además, la fuerza del neofascismo y de las facciones de la extrema derecha se minimizó o se registró en pasivo, sin darse cuenta que en realidad estos grupos eran la fuerza predominante en Maidan y que hasta los líderes de la oposición tenían poco control sobre ellos. Pese al mensaje claro que las voces del anarquismo y la izquierda dieron sobre sus tácticas violentas y sus objetivos políticos detestables, su rol sigue siendo obviado. Después del colapso del poder central en Kiev, hay rumores que parte de esas milicias se integrarán en las estructuras oficiales de la policía. Los vínculos de la extrema derecha y la policía en Ucrania será tan fuerte como en Grecia, donde el Amanecer Dorado actuó con impunidad durante años mediante protección policial.

Inmediatamente después de los acontecimientos del Sábado, hubo dos formas generales de reacción. Primero, la celebración conservadora de la llamada victoria, considerando estos hechos como si fuese el cumplimiento de la Revolución Naranja del 2004. Sin embargo, cuando Victoria Neuland, Yulia Tymoshenko o Manuel Barrososaludan las movilizaciones del pueblo, hay que darse cuenta de que hay algo muy sospechoso. Segundo, hubo la reacción liberal que, pese a estar de acuerdo por lo general con el derrocamiento de Yanukovich, expresó su preocupación respeto a la forma con la cual se había conseguido, especialmente en relación al viejo principio liberal de la separación de los poderes del estado. Otros se atraparon en especulaciones geopolíticas.

Como siempre, faltó la tercera posición que sugerí antes: es decir, una perspectiva de clase. Es un hecho que con o sin Yanukovich la clase trabajadora de Ucrania sigue dividida por líneas étnicas y culturales, creadas artificialmente por emprendedores políticos y que después se movilizan de acuerdo con los intereses de la clase dirigente. El derrocamiento de Yanukovich poco hace para cambiar esta situación sea trayendo de nuevo en el debate las categorías de clase o facilitando la emergencia de partidos políticos izquierdistas con potencial para llevar a cabo política de clase desde la base. Al contrario, la nueva situación da poder a los matones neo-fascistas y sus patrocinadores políticos -locales e internacionales- que ahora salen a la calle buscando venganza política y quitando de raíz toda oposición de izquierda posible.

Por lo tanto, la postura más crítica de la gente de la izquierda no es ni tomar parte en este conflicto, ni solamente tomar una distancia de seguridad proclamando que las dos partes son lo mismo. Al contrario, debería criticar intensamente el Maidan y en especial sus resultados políticos actuales. En vez de hacer de la simple presencia de gente en las calles un fetiche – igual que hacen los conservadores- una perspectiva crítica debería cuestionar la misma base social y los objetivos políticos de los encuentros masivos. Tal como Lenin escribió en algún momento, no se deben hacer concesiones teóricas en nombre de la popularidad. Hoy en día, eso sigue siendo una tarea más rigurosa.

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